
Si te detienes un instante a pensar, podrás descubrir que las relaciones cruzan todos los momentos de tu existencia y todas las áreas de tu vida. Las cosas más valiosas, más importantes y más felices de tu historia están conectadas con alguna relación. Claro que, para nuestra tristeza, lo mismo ocurre con los acontecimientos más amargos y más obscuros de la experiencia humana. No podemos huir de las relaciones. No solo nos rodean en formato de seres vivientes que caminan a nuestro lado, sino que anidan dentro de nosotros, en nuestro interior, en formato de recuerdos, sentimientos o conexiones neuronales.
Por eso vale la pena reflexionar sobre el valor del vínculo. Cómo se arman las redes relacionales, cómo se generan vínculos sanos y cómo esos vínculos nutren y enriquecen nuestras vidas. También necesitamos comprender qué ocurre cuando esos puentes se fracturan, por qué la reconciliación es tan necesaria y de qué manera la comunicación participa en la construcción de relaciones saludables.
Un puente a construir
Cuando pienso en un vínculo saludable, ese que nos ayuda a crecer, la mejor figura que encuentro para representarlo es la construcción de un puente. Un puente es una vía de comunicación que une dos cabeceras, por la que se trasladan en ambas direcciones un conjunto de elementos innumerables, integrados por información, experiencias y otras cosas valiosísimas que nutren la vida. Eso es un vínculo. Ese puente debería producir una retroalimentación entre dos personas, ayudando a que ambos reciban aportes significativos para progresar y vivir de una manera realmente abundante.
Por esta razón, la Biblia nos anima a las relaciones. Tanto en el llamado a Abraham como en el gran mandamiento, Dios se presenta interesado en construir un puente con el ser humano, un vínculo donde el hombre y la mujer puedan recibir, de parte de Dios, todo lo necesario para vivir de la mejor manera. Él quiere bendecirnos para que seamos de bendición. Construir una relación de amor con nosotros para que brindemos amor en nuestro contacto con el prójimo. El plan original es maravilloso.
La fractura y la reconciliación
Sin embargo, toda la Biblia nos cuenta la desgarradora historia de un ser que fractura su relación con Dios, afectando seriamente sus relaciones consigo mismo, con sus semejantes y con el medio que lo rodea. Esa fractura produce fragmentación, quiebre, pobreza, enfermedad y destrucción. Y si el problema es ocasionado por la fractura de nuestras relaciones, entonces la solución tiene un único y lógico nombre: reconciliación.
El Evangelio de Jesucristo son realmente buenas nuevas. No tenemos por qué continuar con este proceso de fragmentación. La obra de Cristo en la cruz tiene entre sus objetivos proveer las condiciones para la reconciliación con Dios, con nosotros mismos y con los demás. Dios hace todo el gasto para que este nefasto proceso de fragmentación se detenga y se retrotraiga. Mientras la fractura trae destrucción, las relaciones de amor traen puentes sólidos y solidarios, conexiones provechosas, enriquecimiento, salud y vida en abundancia. Sin relaciones positivas, no hay vida en abundancia.
Vínculo y comunicación
Para comprender mejor el valor del vínculo, necesitamos considerar un elemento que se suma casi en una conexión simbiótica: la comunicación. No existe vínculo sin comunicación. Sin diálogo entre las dos cabeceras no hay tal cosa como un puente. La naturaleza misma del puente es generar comunicación. Así que, para entender lo que es un vínculo sano, necesitamos descubrir de qué se trata una comunicación saludable.
El primer nivel es el que suele llamarse superficial, aunque a mí me gusta llamarlo epidérmico, para evitar una comprensión errónea. Es el nivel en el que comparto cuestiones no muy comprometidas, cosas que no me afectan y que me resulta muy cómodo compartir. Sin embargo, no debe ser desmerecido. Las pistas de aterrizaje para abordar una relación siempre se encuentran en el nivel epidérmico. Luego está el nivel informativo, donde transfiero información más concreta y datos más comprometidos. Después aparece el nivel emocional, donde no solo comparto lo que me pasa, sino también cómo me siento con lo que me pasa. Y finalmente existe un cuarto nivel, el espiritual, en el que me animo a buscar acerca de lo que ocurre a nivel espiritual en relación con lo que me sucede y a lo que siento con lo que me sucede. Es el nivel en el que puedo compartir mis datos y mis emociones orando con otro, preguntándonos qué esperará Jesús de nosotros en esa situación.
Los vínculos que se construyen como sólidos puentes alcanzan y desarrollan estos cuatro niveles, fluyendo de uno a otro de manera armónica, con naturalidad y frescura. Nuestro desafío es promover y propiciar vínculos de esta talla. A veces estamos llenos de amigos, pero nunca pasamos del nivel superficial. Necesitamos tomar decisiones proactivas que nos movilicen hacia esta calidad de relaciones.
La importancia de aterrizar
Hay algo que considero importante: no desmerezcas el nivel superficial. Algunas personas lo desprecian porque se consideran demasiado espirituales, demasiado profundos, para perder su tiempo allí. Es un grave error. Los puentes comienzan por construirse en el nivel superficial. Intentar alcanzar niveles más profundos sin los debidos permisos de aterrizaje puede llegar a percibirse como invasivo y abusivo. Muchos adultos se lanzan en paracaídas con preguntas delicadas que piden datos o tocan emociones en lugares donde ninguna persona los autorizaría a llegar.
Si sabemos construir relaciones sanas desde la superficialidad, los demás mismos, a su debido tiempo, nos concederán el acceso a niveles más profundos. Por eso es importantísimo estar atentos a sus gustos y placeres, sus hobbies, sus intereses, la información acerca de aquello que estudian, porque ahí está la pista de aterrizaje que permitirá crear y fortalecer el vínculo. Ese puente que hará fluir la comunicación. Las relaciones sanas se construyen paso a paso, y para el primer paso, necesitas aterrizar.
El vínculo como camino de aprendizaje
Los vínculos son los que producen una verdadera influencia y marcan de manera profunda la vida de las personas. El aprendizaje más profundo y genuino se gesta en la relación que se produce entre vínculo y comunicación. La calidad de la comunicación y la del vínculo afectarán de manera directa y proporcional la calidad del aprendizaje. Por eso una de las propuestas básicas de Jesús, en el discipulado de los apóstoles, fue el simple hecho de pasar tiempo con ellos. Jesús se dejó acompañar. Él sabe que esa experiencia, como ninguna otra, pondrá a sus discípulos en el correcto camino del aprendizaje.
La Biblia toda nos anima a establecer lazos vinculares, por medio de los cuales viaje el amor de Dios. Jesús nos envía a hacer discípulos y no hay manera de hacer aprendices si no establecemos vínculos. No tan solo a través de una actividad, un sermón, un congreso o un seminario, sino presentándonos ante otros como quienes vienen a ofrecer una relación de profundo y comprometido amor desinteresado. Claro que esto no se podrá hacer desde un lindo discurso. Si no lo vives, el fraude será detectado.
Conclusión
Hablar del valor del vínculo es hablar de una realidad que cruza todos los momentos y todas las áreas de nuestra vida. Las relaciones pueden convertirse en una fuente de aprendizaje, crecimiento y vida abundante, o en un espacio de fragmentación, quiebre y dolor. Por eso necesitamos volver a pensar seriamente en la construcción de vínculos sanos, en la reconciliación que Dios ofrece y en la comunicación como parte esencial de todo puente verdadero.
En un tiempo atravesado por la soledad, el aislamiento y la superficialidad, necesitamos relaciones que nutran, enriquezcan y ayuden a crecer. Necesitamos aprender a aterrizar en la vida del otro, a respetar sus tiempos, a no forzar profundidades y a valorar los pequeños accesos que permiten fortalecer el vínculo. Porque en las relaciones positivas está la retroalimentación, el aprendizaje, la abundancia de recursos y la llave para transitar el proceso de lo saludable. Y porque, muchas veces, Dios decide hacer pasar su amor, su verdad y su vida a través de un puente construido entre dos personas.
Este artículo es una adaptación de la lectura «El valor del vínculo» del curso «discipulado al universitario» llevado a cabo por la Red Universitaria Evangélica y por el Instituto Teológico FIET. El autor de este curso es Germán Ortiz.


